jueves, 26 de enero de 2017

Las dudas



Pese a los ventiladores de paleta aguerrida, las dicroicas y el crepúsculo estival rivadaviense no daban tregua a ningún cuerpo asalariado del comercio. Sudábamos.
Ella tomó la lapicera. Frunció el seño. Se resopló el flequillo echándoselo para atrás.
Puso la primera letra en un pequeño papel: "E", en mayúscula, sobre una línea punteada, justo debajo de un "Valor $15".
Después de eso trazó una "n", posteriormente una "v".
Iba poco a poco acercándose, lentamente.
A lo lejos zumbaba un motor de heladera exhibidora.
Escibió con determinación una bonita, casi sensual "a".
Entonces todo se oscureció. Lo vi, lo vi en sus ojos, lo imaginé en su corazoncito de fiambrera.
Fueron eternidades cuánticas, millones de infinitésimas partes de un instante, la demora fue obsena, fue peligrosa. Su racimo de pensamientos se hacía jugo y se vertía por ese pesado flequillo que, rebelde, se negaba a subir.
Cansada tomó una resolución. Porque no importa el camino que tomes, todos los caminos llevan a Dios. Mi pequeña Juana de Arco, mi brillante Marie Curie, mi intrépida Yocasta.
Asió con apretado ademán la birome y escribió una "c", acompañándola, en seguida con una "e" y un punto final.
Agregó, sin mirarme a los ojos, pero como a la vanguardia de una batalla que supo perdida: "Me lo trae mañana a la mañana, ¿sabe? Que los de la Coca Cola son medio jetones".

sábado, 19 de noviembre de 2016

COMPRA INTELIGENTE Y BIEN PENSADA



Lo que tiene este hiper-mega-mercado es que es tan grande que a veces no alcanza una sola jornada para recorrerlo todo y las cosas están puestas para que te distraigas y sucumbas a la belleza de los artículos decorativos, como esas fichas de ajedrez enormes por las que me moría de amor cada vez que iba.
Esta mañana entro, sin apuros pero tampoco paseando, tengo que comprar lácteos para los chicos. Son las once y media, a las doce y media los tengo que buscar por el colegio.
Me gusta tanto este tipo de vida que llevo, creo que soy tan afortunada.
Me casé con un abogado, la pegué como dicen las chicas y, la verdad, no tengo que esforzarme mucho en pensar ni nada.
Nunca me imaginé que siendo toda la vida de Santa Rosa iba a tener este porvenir tan cómodo. Es que, parecía que me iba a quedar ahí. Imaginensé: la menor de cuatro hermanos, mis padres eran grandes cuando me tuvieron, seguro me quedaba a cuidarlos y después a cuidar la casa, las plantas, regar la calle de tierra.
Pero era una vida que no quería, yo quería esto. Lo que tengo y que me esforcé en conseguir.
Mi peluquero dice que soy muy linda y elegante y que todo me queda bien. ¿Será?
Mi respuesta es sonreír y pensar siempre las palabras que sean más amables.
Eso me ha traído hasta donde estoy ahora.
A lo mejor mi marido no es el hombre más lindo del mundo, de hecho, quizás hasta ni me gusta, que digamos, mucho. Pero es bueno, es un buen hombre. Raro encontrar un buen hombre que sea también un buen abogado. Pobre, se la pasa todo el día en el despacho. Ya pienso que nuestra casa tiene varias sucursales y nuestra familia más miembros que los padres y los hijitos. Está Clara, la secretaria de mi marido que es como de la casa, es su mano derecha, es mi hermana, confío en ella y mi marido la quiere tanto, es como su "nena" más grande. Y está Joaquín, que es mi entrenador, amigo de mi esposo de toda la vida, un muchacho muy bien parecido, atlético, simpático, en el puedo confiar.
A lo mejor todo sea una ilusión, tengo demasiado. Pero me lo merezco.
Agarro los yogures y decido distraerme un poco viendo blancos.
Hay unas mujeres bolivianas comparando sábanas, revolviendo el mesón de las ofertas de toallones. Una me mira. Le sonrío y me pongo a examinar la calidad de un toallón. No me gusta, es vulgar, tiene un olor raro, pobre, sigo sonriendo y lo dejo donde estaba, la mujer me mira y le dice a la otra que vea aquello de allá. Se van. Menos mal, creo que no les agradaba mi presencia.
Uy, ya casi es la hora y todavía me queda ir a pagar la compra y buscar a los chicos. A esa hora el centro es un martirio de tránsito.
Agarro el celular que suena y suena. Joaquín. Hola bebé. Si, más tarde. Un beso.
Llevo todos los yogures y la leche para Martinita.
Estamos.
Llego a la fila. Las mujeres bolivianas.
Qué linda esas tazas de aquella góndola, voy a verles el precio. Esta caja está más desocupada, me quedo acá así salgo más rápido.
El truco es comprar lo que se viene a comprar, sin tentaciones, sin trampas.

viernes, 18 de noviembre de 2016

CRISTINA Y MAURICIO, LA VERDAD ES ESTA



¡Qué año nos tocó en gracia, mamma mía! Hay mucho para reflexionar y revisar y analizar y discutir y esto y aquello.
Me levanto temprano y me quiero programar para que sea este, hoy, el mejor día de todos. Al fin y al cabo es uno el que decide cómo va tomarse las cosas.
Me miro en el espejo mientras me cepillo los dientes y me digo que hoy voy a hacer lo que fuera que me toque hacer, de una manera increiblemente excelente, para dejarlos a todos con la boca abierta. Ufff, cuánta dosis de positivismo se me antoja sentir esta mañana.
Me alegro del sol, me alegro de los árboles que alcanzo a ver por la ventana.
Bendigo todo y a todos.
Mi desayuno es frugal pero feliz: una taza de té y dos galletas con mermelada. Eso nomás y ganas.
Salgo del edificio de departamentos y me encuentro con un bloqueo en la vereda: muchas personas se agolpan esperando su colectivo y no dejan pasar. Sonrío y entono un: permisoooo.
Hago la media cuadra antes de la calle principal.
En la esquina inmediata el semáforo me indica que todavía no puedo pasar, ahora sí. Ahí viene un camión repartidor de quesos y me está pasando muy cerca de la cara soltando grandes nubes negras de humo por el caño de escape.
¡Qué delicia! Sigo caminando.
Entro en un kiosco rápidamente a comprar unos chicles y, mientras espero mi turno, escucho la televisión: "Suben los precios nuevamente de todas las cosas. Organismos privados estiman que la inflación supera el ochenta por ciento y, en algunas provincias, como Mendoza, el noventa y siete por ciento, sobre todo en las verdulerías del centro que se estarían comiendo el abuso con productos básicos que, según ciertas fuentes, ponen en la balanza e inventan el precio y, además..."
Miro al kiosquero con expresión risueña y él me dice: Acaban de subir los chicles.
Los pago con algarabía, le doy un beso al buen hombre en la mejilla, para agradecerle y me voy de ahí brincando. Tengo que hacer unos trámites.
Me pedí una visa internacional con la idea de comprarme unas vacaciones en cuotas, porque las crisis pueden provocar también muchas ganas de descansar, así que tengo que ir al banco a retirarla.
¡Uy, cuántas colas! ¡Cuántas formas distintas tienen esas filas! ¡Cuán coloridas las ropas y las pieles de las personas que en ellas esperan su turno!
Voy de inmediato al coso electrónico que da los turnos. J-68 me toca en el ticket. En la pantalla el turno último de esa letra era J-07.¡A esperar!
Me pongo a observar a las personas y veo que algunas estan serias, otras enojadas, otras ni mal ni bien, pero ninguna, ninguna, está como yo: feliz de estar ahí, feliz de esperar, feliz de todo.
Me alegro por mí. Los demás un día, con suerte estarían así.
Paso toda la mañana en el banco y pierdo la oportunidad de comprar mis verduras con el aumento de precio, porque a esa hora, las dos de la tarde, toda la gente del centro se acuesta a dormir la siesta. Entonces recuerdo que me queda medio paquete de galletas de agua y un cuadradito de queso mantecoso. Me emociona recordar el sabor de las galletas con queso, será un gran almuerzo, histórico.
Llego a casa y descubro que mi memoria me ha gastado, como de costumbre, una broma. Las últimas dos galletas me las comí al desayuno, así que será sólo el quesito. Qué estupendo.
A las cinco de la tarde me voy a trabajar. El mejor trabajo del mundo. Vendedor ambulante de alfajores triples.
Vendo dos combos de diez pesos entre las cinco y las nueve y media.
Dos combos es mucho, esos dos clientes seguro comieron algo rico, sano, nutritivo y les es de ayuda para seguir con su día.
Me gusta imaginar cómo se los van comiendo y cómo disfrutan del sabor.
Lleguo a casa, más tarde, después de comprarme unas verduras para hacerme un guisito:
Un zapallito redondo, una zanahoria, una cebolla. Ah, saquemos lo de la cebolla, está fea, no la voy a poder usar. Arroz, tengo, ahí la memoria no me hizo de nuevo el chiste.
Bueno, ya casi he completado el día con mucho éxito en mi propuesta de la mañana, ponerle la mejor onda en este año tan especial. Un año casi sin Cristina, un año casi con Mauricio. Año estupendo. Al final la lección aprendida es que es lo mismo, no son ellos, es uno.
Yo sé como soy. Por suerte este ejercicio es sólo por hoy, mañana puedo ser como todo el mundo y quejarme de nuevo.
Voy a poner la sartén para empezar a saltear el zapallito. Uh. El encendedor perdió la minúscula piedrita, y bue' ya era hora de jubilarlo. Me concentro y señalo con el índice la hornalla copada, la potente: ¡fush!Se enciende.
Hace algo de calor. Me doy vuelta ahí mismo, elevo las manos y se enrrollan las dos persianas suavemente respondiendo a mi voluntad a distancia, la verdad me da paja ir hasta allá y levantarlas tirándo de las correas.
Piromancia, me encanta la palabra.
Bueno, mañana será otro día. Jueves, viene mi amiga.
No sé si decirselo o no, la verdad, no creo que me de bola.
Cada vez que le cuento a alguien lo que puedo hacer no me dan bola.
Ya fue. Me gustó el ejercicio feliz. Lo voy a repetir.
Lo tendríamos que repetir todos.
Fake it until you make it.


jueves, 17 de noviembre de 2016

SEÑOR NO MUEVAS ESA MONTAÑA, PERO DAME LAS FUERZAS PARA TREPARLA



Vení para acá, opa de mierda, vení, dale. Sabés que lo digo en joda, tontita, dale vení.
Voy y me siento al lado. Empiezo a llorar y me le tiro a las piernas buscando que me contenga, que me de ánimos, que me pida perdón. Sus piernas, su cuerpo, no me reciben pero tampoco me rechazan. Permanece ahí, inerte, respirando, agarrándose los ojos con los dedos como quien se agarra después de un cansancio mental muy grande. 
Voy a limpiar, le digo.
No, dejá, limpio yo después. Vámonos a acostar, ¿querés? Vamonos a dormir la siesta.
No quiero, no tengo ganas de dormir la siesta, le suplico.
Dale, vamos.
Y voy. Voy y me acuesto a su lado. De inmediato se duerme.
Creo que estoy empezando a temblar. Me pregunto, de todo este tiempo, cuánto realmente habrá tenido un buen pensamiento hacia mí. Por qué me ha hecho esto siempre, después de todo lo que le he dado. Por qué no lo ha valorado.
No quiero seguir quedándome en esta cama habiendo tanto por hacer. Un error lo comete cualquiera, esta persona, al fin y al cabo, es una persona. Alguna vez nos reímos mucho, y Dios sabe las anécdotas que tenemos para contar de nuestros viajes.
Todo por una pregunta tonta, filosófica, sin sentido. A quién le importa lo que es para siempre, no debí empezar esa conversación. Yo ya sabía como iba a terminar este almuerzo.
Mejor creo que es dejar esto atrás. Cuando se despierte de la siesta las cosas habrán vuelto a su calma.
Pero me siento como la mierda. Me siento vulnerable, siento la presencia de la soledad ahora más que nunca.
Estalla un llanto gutural de mi garganta pero lo reprimo con algún exito, no quiero que se despierte.
Un día vamos a estar así, acostados, como ahora, y una luz va a venir por mí y me va a llevar a un lugar en donde ya no tenga que sufrir, ni sentirme sola.
Me levanto muy lentamente y cuidando su descanso. Voy al comedor y empiezo a recoger los pedazos de milanesas que me tiró, los pedazos de ensalada que le tiré, el vaso que se rompió contra la pared, todo. Para limpiar y que esto quede en el pasado. 
Ya está. Ahora sí. Dios bendito, ahora sí. Todo va a ser feliz. Todo va a ser feliz. Sé que me ama.
Me convenzo.
Voy limpiando en silencio.
Sonrío.
Me acuerdo de algunas anécdotas y se me ilumina el pecho, ya estoy bien. Ya estoy bien. Esta vez fue la última y ahora Dios ha de querer que todo sea felicidad para ambos.
Creo que duerme con mucha pesadez. Pobre.
Lavo los platos, recojo todo.
Agarro la botella de perfume de ambiente, Vaicoco, qué rico, me pone de buen humor el olor de la vainilla y el del coco. Me hacen acordar a cuando era chica y me robaba el coco rayado de la heladera de mi abuela y me lo comía de a pellizcos.
Yo soy una buena persona, no merezco que me traten mal. Ya va a cambiar, tiene que cambiar.
Voy a la heladera a dejar una botella con agua y veo su expresión durmiendo, por allá.
Tengo, de repente una exaltación. Pienso en lo que pasó hace un rato, de la forma en la que me trató. Pienso en todas nuestras anécdotas, en todo. Pienso en mi vida, en mi infancia, en el coco rayado, en la soledad, en la vez que mi mamá me explicó lo que era tener síndrome de down y de cómo serían las cosas para mí. Pienso que el tiempo es un regalo que no se devuelve.
Un hueco hondo se abre en mi estómago.
Me pongo las zapatillas lo más silenciosamente posible. Tengo mucho miedo.
Tengo miedo.
Quisiera dormir en la cama con mi mamá hasta que el mundo se arregle.
Miro su expresión durmiendo. Cuánta paz. Qué lástima todo.
Le acaricio el pelo. Estoy lista.
Giro la perilla de la puerta del departamento con extrema suavidad.
Voy a tratar de no llorar por la calle.
Voy a tratar.
No está tan caluroso. 
No llorés. Tratá de no llorar.
Aguantá hasta que estés más lejos.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

VAMOS, VAMOS, VAMOS QUE ME LO SACAN DE LAS MANOS




La María Pedraza se ganó el quini seis.
Nos enteramos porque la María Solís, naturalmente, nos vino a exigir unos mates a cambio de unas cuantas actualizaciones de noticias barriales. No era conmigo la cosa, era con mi mamá. Y como estaba mi tía Ester cuando la otra abrió la boca se sabe, está garantizado, que en dos días es de conocimiento departamental.
Yo iba pasando por el comedor y tuve que frenar para darles un beso a cada una. Venía de afuera, de andar por ahí y me urgía usar el baño. Nobleza obliga, saludé a cada señora y cuando me estaba yendo por el pasillo, mis orejas alcanzaron a pellizcar el evangelio de la chismosa.
Se sacó el quini seis.
¡Nah! ¿La María Pedraza?
Levaba como "veintiaño" jugandolo y nunca se sacó nada. Lo que es la fé, ¿no?
Silencio prudente.
Mi mamá había puesto en la mesa lo que tenía para acompañar el mate, como siempre, siempre se pone lo que se tiene, venga quien venga. Salvo aquel día que hacían cuarenta y dos grados y, viendo que llegaban visitas, rápidamente la vieja nos prohibió a mi y a mis hermanos mencionar si quiera el balde de helado que yacía en el freezer. El helado no se convida, es la ley, ahí uno tiene que hacerse el boludo.
Así que lo que había eran galletitas de agua con un frasco de mermelada a medio comer. Mermelada de damascos, la más fea de todas. Pero, para la ocasión servía. Porque mi mamá, no sabiendo que decir tras la noticia de la nueva rica se hincó una y después otra galleta con el dulce untado.
Mi tía ester estaba concentrada en el repasador.
Che, María, ¿y de la hija del Carlos Meli no sabés nada?
No. No me enterado de nada.
¿Qué queré vo, ah? La María Pedraza.
Parecía que mi tía quería decir algo pero lo reprimió muy bien. Yo lo vi todo desde el pasillo. Hasta que la vejiga no me aguantó más y tuve que ausentarme.
Ya dentro del baño, habiendo orinado,  me distraje con el espejo y me puse a verme unos granitos en la frente y no se qué. Las señoras no se escuchaban en su charla. Tuve un presentimiento.
Supuestamente la afortunada ganadora de la lotería vivía a unas seis o siete cuadras yendo como para el barrio del fondo, el "Casas del Pedemonte" y este acontecimiento había tenido lugar el miércoles pasado, por lo que probablemente, estaría ya en su casa, siendo las doce menos veinte de la mañana, a punto de poner una sartén al fuego para freír.
Salí del baño y mis sospechas fueron confirmadas. Las tres mujeres ya no estaban en la casa.
Salí rápidamente y troté las dos cuadras previas a la calle por la que se va derecho a lo de la Pedraza.
Allá lejos vi las tres formas que dibujaban mi mamá, mi tía y la vecina. Las alcancé, iban a paso de señora robaplantas.
Vamos a saludar a la María, a felicitarla.
Algo muy falso envolvía esas palabras, pero tenían las caras serenas, alegres, listas para tirarle la mejor onda a la otra.
Nos reunimos con seis o siete mujeres más que estaban ya apostadas en la vereda de la casa. Todas de brazos cruzados charlando, sonriendo, comentando sobre los años que cada una llevaba jugando al quini seis.
Estaba todo cerrado, hasta las cortinas.
Esperamos un rato largo y nada pasó.
Todas nos callábamos para ver si salía algún sonido de adentro. Pero no.
A lo mejor no hay nadie.
¿Aquella no es la camioneta del marido?
Sí.
Todas vimos como la camioneta, una cuadra antes, dobló para la izquierda. Nos vieron y se asustaron.
¡Qué chotas son las viejas! ¿Qué se habrá pensado, que veníamos a envidiarle la suerte?
Mire, mijito, había dicho una vez mi tía, usted sonría, sonría, sonría y siempre diga "bien, re bien, ¿y vos?"



martes, 15 de noviembre de 2016

MANTRA







Algo muy feliz va a suceder. Y va a ser intenso.
Hay un encuentro.
Hay un secreto que se nos cuenta.
Hay una forma que adoptamos.
Hay una cruz necesaria.
Hay el miedo sano al dolor que sana.
Hay tambores.
Hay perfume de flores.
La verdad no es una palabra.
Hay que vivir hasta aprender.
Hay que aprender hasta vivir.
Hay algo muy feliz que va a suceder.
Y va a ser intenso.

ATALAYA: ¡DESPERTAD!

Dedicado a mi abuelita, la mujer mendocina más tejota que conocí.


Hubo una vez un territorio, una patria, en donde todas las mujeres y, también, por qué no, los hombres nacían perfectos. Nacían porque habían sido engendrados con amor entre dos personas biológicamente compatibles, que habían tenido, en algún momento una relación sexual.
Entonces crecían en ese país y se hacían grandes y les pintaba ser felices. Todo el tiempo.
Era aquel paraíso, lo más parecido a lo que imaginamos que es "Felicidónia", el reino al que nos va a llevar en algún momento el Líder, o la tierra en la que vivirán algún día ciento cuarenta y cuatro mil Testigos de Jehová.
Un día, un caballero y una mujer estaban charlando apaciblemente en un banco de una plaza.
Nó (debe llevar tilde para que se interprete bien el tono de ese "no"), le decía él a ella. En este territorio tan feliz yo quisiera ser el único hombre infeliz. Necesito aprender todos los secretos y las lecciones para ser infeliz.
Y la mujer le decía, yo soy tan feliz y te amo tanto que también quiero aprender a ser infeliz, para ver qué onda.
Después de esta charla, los dos se tomaron muy en serio esta propuesta que había surgido, y lo hicieron porque en aquel hermoso lugar se hacía lo que venía en ganas, todo estaba arreglado para que cada quien hiciese lo que le viniese en ganas y la pasara genial. Así de soñada era la vida para ellos.
Se expatriaron del terreno dispuestos a cumplir su objetivo y, más o menos, en resumen (porque entiendo que a nadie le gusta leer) vivieron estos acaecimientos y vicisitudes:
Encontraron un desierto con inviernos fríos y veranos calientes, con un clima intenso y en donde el agua resultaba trabajosa de obtener y se afincaron ahí.
Tuvieron hijos, muchos.
Levantaron entre todos muchas iglesias muy hermosas y esto los hizo sentirse bien, entonces tuvieron que levantar iglesias y trabajar duramente para alcanzar una emoción de realización y plenitud.
Cuando hubieron ya muchas iglesias se dispusieron a concurrirlas, porque, de otro modo, para qué las hubieron edificado.
Desarrollaron ideas que estaban muy buenas para educarse y establecieron entre todos una constitución de lo que estaba bien y lo que estaba mal, crearon también un gobierno para ese nuevo y floreciente estado.
Pero como el gobierno no podía manejar las situaciones personales de cada uno, empezaron a infundir gestos y hábitos que servirían para conservar toda esa esencia que compartían en esta enorme familia del desierto. Todos serían agentes de conservación entonces se les dio el estatus a todos de policías de la moda y jueces eventuales de la moral.
El hombre enfermó con el tiempo y se cansó de sostener su nuevo y pululante reino.
Lo logramos, le dijo a la mujer y ésta, asintió.
Hemos creado un mundo en donde todos viven persiguiendo una liebre existencial que inventamos y en el que todos vigilan la carrera del otro, para ir juntos, todos juntos, hacia eso, sin preguntarse qué camino es, sin cuestionarse acaso si existe otro para ellos. La mayoría, sino todos y todas, jamás conocerán otras maneras de ser y pensar, lo llamaremos idiosincrasia local.
Al pensar en esto el hombre y la mujer se sintieron egoístas, padres egoístas. Se sintieron profundamente miserables e ignorantes. Se sintieron muy infelices.
Entonces estuvieron un rato así, en silencio, saboreando su malestar. Hasta que, como de tácito acuerdo, se miraron y rieron satisfechos.
Vaya, la infelicidad es algo peculiar de sentir.
Si, estoy de acuerdo, dijo la mujer, que siempre estaba de acuerdo con el hombre.
¿Cómo se llamará este suelo de iglesias y aguas esquivas?
El hombre se quedó callado por un momento y, como en broma, tomó la mano de la mujer y le dijo:
¿Y si le ponemos Mendoza?
La mujer asintió risueña. Levantó la mano y acarició el aire suavemente, saludando a la nada, como una reina. De la vendimia.